27 septiembre, 2026

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León XIV en París: entre los migrantes y la inteligencia artificial, un llamado a preservar lo humano

PARÍS — Desde la Plaza de la Concordia, donde realizamos una cobertura especial de la visita del papa León XIV a la capital francesa, la dimensión multitudinaria de su paso por París convivió con un mensaje de notable densidad política, social y humanista. Más allá de las ceremonias religiosas y de las imágenes de miles de personas reunidas en el corazón de la ciudad, el pontífice articuló durante su agenda en Francia una reflexión sobre algunos de los grandes dilemas contemporáneos: la migración, la inteligencia artificial, la desinformación, la fragilidad de los vínculos sociales y la necesidad de preservar la dignidad humana en un mundo cada vez más condicionado por la tecnología y por nuevas formas de exclusión.

Ese planteamiento se hizo especialmente visible en dos escenarios muy distintos. En la sede de la UNESCO, León XIV situó la inteligencia artificial dentro de un debate más amplio sobre educación, verdad, poder y responsabilidad ética. Horas después, en la Maison Bakhita, institución parisina dedicada al acompañamiento de migrantes y refugiados, trasladó esa preocupación desde el terreno de los algoritmos y las instituciones internacionales hacia la experiencia concreta de quienes han debido abandonar su país y reconstruir su vida en otra sociedad. En ambos espacios apareció una misma inquietud: cómo garantizar que el progreso técnico y las decisiones políticas no terminen reduciendo a las personas a datos, categorías administrativas o criterios de utilidad.

La inteligencia artificial como cuestión humana

La intervención de León XIV en la UNESCO fue uno de los momentos de mayor contenido intelectual de su visita. Su mensaje no se limitó a advertir sobre los riesgos técnicos asociados al desarrollo de la inteligencia artificial, sino que planteó una cuestión más profunda sobre la relación entre conocimiento, poder y responsabilidad.

El pontífice llamó la atención sobre una paradoja que atraviesa a las sociedades contemporáneas. Nunca habían existido tantas herramientas capaces de producir, organizar y distribuir información, y nunca había sido tan rápida la circulación de contenidos a escala global. Sin embargo, esa capacidad tecnológica no garantiza por sí sola una mejor comprensión del mundo ni una convivencia más democrática.

Los sistemas de inteligencia artificial pueden procesar cantidades de información imposibles de manejar para una persona, identificar patrones, generar textos, imágenes y modelos predictivos, pero esa capacidad no equivale necesariamente a comprender el sentido de una experiencia humana. La cuestión central, según el mensaje planteado en París, no radica únicamente en lo que las máquinas pueden hacer, sino en los criterios que las sociedades establezcan para decidir cómo deben utilizarse.

Ese enfoque resulta particularmente relevante en un momento en que los algoritmos intervienen de manera creciente en la información que reciben los ciudadanos, en las decisiones empresariales, en los sistemas educativos, en los mercados laborales y, progresivamente, en distintas áreas de la administración pública. La pregunta sobre la inteligencia artificial deja entonces de ser un asunto exclusivo de ingenieros o empresas tecnológicas y pasa a formar parte de una discusión mucho más amplia sobre democracia, autonomía y derechos.

León XIV insistió en que la tecnología debe permanecer subordinada a principios humanos y no convertirse en una lógica independiente capaz de determinar qué personas, contenidos o comportamientos son más valiosos que otros. Su advertencia apuntó directamente al riesgo de construir sociedades en las que la eficiencia termine desplazando a la dignidad como criterio fundamental de decisión.

Información, poder y verdad

Uno de los aspectos más significativos de su intervención en la UNESCO fue la relación que estableció entre tecnología e información. En la era digital, los algoritmos no solo permiten acceder a contenidos, sino que también influyen en aquello que aparece primero en una pantalla, en las noticias que adquieren mayor visibilidad y en los discursos que alcanzan una difusión masiva.

Ese proceso tiene consecuencias políticas y sociales. La desinformación puede alterar la percepción de una guerra, profundizar prejuicios sobre los migrantes, modificar debates electorales o amplificar discursos de confrontación. Al mismo tiempo, la enorme cantidad de información disponible puede crear la ilusión de una sociedad mejor informada cuando, en realidad, muchas personas permanecen expuestas a contenidos fragmentados, manipulados o descontextualizados.

Desde esa perspectiva, el mensaje del papa en París adquirió también una dimensión periodística. La defensa de la verdad dejó de aparecer como una abstracción moral y se presentó como un asunto relacionado con la justicia, la educación y la capacidad de los ciudadanos para participar de manera libre en la vida pública.

La discusión sobre inteligencia artificial se conecta así con una pregunta esencial para las democracias contemporáneas: quién controla los sistemas que organizan la información y qué mecanismos existen para impedir que esa capacidad tecnológica se transforme en una forma silenciosa de concentración de poder.

El día siguiente permitió observar la otra cara de esa reflexión. En la Maison Bakhita, León XIV se encontró con migrantes y refugiados que han debido reconstruir sus vidas en Francia, en muchos casos después de experiencias de desplazamiento, violencia o pérdida.

El contexto era completamente distinto al de la UNESCO, pero el mensaje mantenía una continuidad evidente. Si en el organismo internacional el papa había advertido sobre el riesgo de reducir a las personas a datos o funciones, en la institución dedicada a los migrantes cuestionó una lógica similar aplicada a quienes cruzan fronteras.

La migración suele ser presentada en Europa mediante cifras, flujos, estadísticas, porcentajes y categorías jurídicas. Se habla de solicitantes de asilo, refugiados, migrantes económicos, personas en situación irregular o beneficiarios de protección internacional. Son categorías necesarias para la administración de los Estados, pero resultan insuficientes para comprender la complejidad de una vida humana.

La visita de León XIV buscó desplazar ese debate desde la gestión de fronteras hacia la dignidad de las personas. El migrante, en su mensaje, no aparece solamente como alguien que necesita protección o asistencia, sino como una persona capaz de aportar conocimientos, experiencias, cultura y vínculos a la sociedad que lo recibe.

Esta mirada introduce una dimensión diferente dentro del debate europeo sobre inmigración. La pregunta deja de ser exclusivamente cómo controlar las fronteras o gestionar los procedimientos de asilo y pasa a incluir otra cuestión: qué tipo de sociedad se construye cuando una parte de quienes viven en ella permanece permanentemente definida por su condición de extranjero.

La cuestión migratoria ocupa desde hace años un lugar central en la agenda política europea. Los gobiernos del continente debaten nuevas formas de control fronterizo, acuerdos con terceros países, políticas de retorno, procedimientos de asilo y mecanismos de integración. En ese escenario, el discurso de León XIV no ofreció una propuesta jurídica concreta, pero sí introdujo una perspectiva humanista que obliga a observar las consecuencias sociales de esas decisiones.

La integración no puede reducirse a un permiso de residencia, a un contrato de trabajo o al aprendizaje de una lengua. También implica pertenencia, reconocimiento y participación.

En ciudades como París, donde conviven comunidades procedentes de numerosas regiones del mundo, ese desafío adquiere una dimensión cotidiana. La migración no es un fenómeno periférico ni temporal, sino parte estructural de la realidad social europea.

El mensaje papal apuntó precisamente a ese punto. Una sociedad no puede considerarse plenamente integrada si quienes llegan desde otros países continúan siendo percibidos durante años como cuerpos ajenos a la comunidad. La dignidad, en ese sentido, no consiste únicamente en garantizar derechos formales, sino también en crear condiciones para que las personas puedan reconstruir vínculos y desarrollar un sentido real de pertenencia.

La relación entre la UNESCO y la Maison Bakhita permite comprender mejor el alcance de la visita.

En el primer escenario, León XIV habló de máquinas capaces de procesar enormes cantidades de información sin comprender necesariamente el significado de una existencia humana. En el segundo, se encontró con personas cuyas vidas no pueden explicarse completamente mediante un expediente administrativo o una categoría migratoria.

La conexión entre ambos mensajes resulta evidente. Una sociedad puede avanzar de manera extraordinaria en inteligencia artificial y seguir siendo incapaz de reconocer la humanidad de quienes viven en sus márgenes. Puede desarrollar sistemas capaces de anticipar comportamientos y, al mismo tiempo, mantener enormes dificultades para comprender las experiencias de quienes han debido abandonar su país. Puede disponer de una comunicación instantánea y continuar produciendo aislamiento, soledad y exclusión.

Ese contraste fue uno de los elementos más poderosos de la visita del pontífice a París.

La capital francesa ofreció además un marco especialmente significativo para este mensaje. La UNESCO nació después de la Segunda Guerra Mundial con la convicción de que la paz no podía garantizarse únicamente mediante acuerdos políticos o militares, sino que debía construirse también a través de la educación, la cultura, la ciencia y el conocimiento.

Décadas después, esos principios se enfrentan a desafíos que los fundadores de la organización difícilmente podían haber imaginado. La inteligencia artificial transforma la educación y la información, las guerras se desarrollan simultáneamente en el territorio y en el espacio digital, y millones de personas continúan desplazándose como consecuencia de conflictos, persecuciones, crisis económicas y transformaciones climáticas.

En ese contexto, la visita de León XIV a París tuvo una dimensión que superó ampliamente el protocolo religioso.

La multitud reunida en la Plaza de la Concordia y a lo largo de los Campos Elíseos mostró la capacidad de convocatoria de una institución que, incluso en una sociedad profundamente secularizada como la francesa, conserva una presencia simbólica considerable. Sin embargo, fueron probablemente sus intervenciones sobre inteligencia artificial y migración las que ofrecieron una lectura más amplia del sentido de su viaje.

León XIV no presentó en París una fórmula para regular la inteligencia artificial ni una política migratoria destinada a resolver uno de los debates más complejos de Europa. Su mensaje se situó en un nivel anterior a esas decisiones.

Planteó que cualquier discusión sobre tecnología, migración, educación o información debe comenzar por una pregunta esencial: qué lugar ocupa la persona dentro de esos sistemas.

En la UNESCO defendió la necesidad de impedir que la tecnología termine subordinando al ser humano a criterios de eficiencia o rentabilidad. En la Maison Bakhita recordó que quienes cruzan una frontera no dejan de ser sujetos de dignidad, memoria y derechos.

Ambos mensajes convergen en una misma preocupación. El verdadero riesgo del siglo XXI no sería únicamente que las máquinas se vuelvan más inteligentes, sino que las sociedades se acostumbren a medir el valor de las personas mediante parámetros cada vez más impersonales.

Desde París, entre la monumentalidad de la Plaza de la Concordia, la diplomacia internacional de la UNESCO y las historias de quienes reconstruyen sus vidas lejos de su país de origen, León XIV dejó una reflexión que probablemente acompañará buena parte de su pontificado: el progreso puede transformar profundamente el mundo, pero solo podrá considerarse verdaderamente humano si coloca la dignidad de cada persona en el centro de sus decisiones.